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Las Familias y el Derecho

Semanario
Economía, Gobierno & Sociedad

Número 572 - 01/06/2014

Por Abog. Martín Antiga (*)
Derecho de Familia

 

Es la intención de este autor inaugurar este espacio de análisis y extender algunas líneas acerca de la familia y el derecho, sus antecedentes y su “estado de situación” en algunos artículos a lo largo de las próximas semanas. El presente se trata entonces de la primera de estas entregas.

Para hablar de familia convendrá precisar a cuál de sus acepciones referimos, ya no resulta un vocablo unívoco. Así entonces que tenemos ahí una primera cuestión a despejar. Valga un ejemplo que lo incluya a Ud. –disculpe la impertinencia- invitándome a almorzar para fecha próxima “con su familia”.

Avanzando en ese supuesto, sumando la alegría de tal gentileza suya, voy al mercado por el vino que pienso le gustará, para compartir.  Al elegir una botella de tinto, tal vez por la imagen que traigo de mi hogar, he dado por pensar que habrán de participar de la reunión usted, su pareja y dos hijos, niños aún -pudiéramos dejar en la imaginación algún tercer hijo, salido de la adolescencia, entregado a esa hora al sueño-. Con ese cuadro en la cabeza, me da también en vacilar sobre esos tres cuartos de litro que pudieran resultar escasos, puesto que omití preguntar si no habría invitado algunos de los abuelos, tíos, primos o sobrinos:  Total que todos son familia, habitantes o no de la misma casa.

Qué decir entonces acerca de cuánto pudiera estirarse la idea del grupo que compone la familia si, iniciada ya esa reunión, la conversación se desviara a la fiesta de casamiento, pongamos que del mentado ausente, imaginando que se viene armando la lista de invitados entre los integrantes de la familia.

Así que el vocablo “familia” vendrá ensanchado, enriquecido –permítame imaginar que la extensión de nuestras familias es vista como beneficiosa-, sumando tíos, primos, sobrinos, alguna conviviente, definitivamente incorporada o en trámite de serlo, y hasta suegra, yerno, y “entenados”, llegando incluso a aquel colaborador de tareas al que los lazos más apretados del afecto determinaron a que se lo incorporara con el título de tío, claro que honorífico.

Tenemos para concluir de lo que antecede que decir familia puede implicar, sin alejarnos de nuestros conocimientos comunes, a distintos grupos de pertenencia: 

- Un primer grupo en la que los vínculos aparecen como más próximos, estrechos, esto es esposos o convivientes e hijos (de uno o de ambos) todavía a su guarda o cuidados, esa que en el derecho se conoce como “pequeña familia” o “familia nuclear”, y a la que las leyes le dan, o prometen dar, una especial o privilegiada protección (especialmente en nuestra Constitución, que integra Tratados de Derechos Humanos).

- Otro conjunto, que compone la “familia extensa” –donde ubicamos a los que integrarían la supuesta lista de invitados-, abarca a los parientes (en el concepto del derecho todos aquellos que, unidos por provenir de un ascendiente común o por sus vínculos con el cónyuge, son alcanzados por algún “compromiso” o impacto entre sí, en reconocimiento de la misma ley).

- Por último, una tercera acepción que correspondería a una especie “intermedia”, la que incluye a quienes están unidos por razón de matrimonio o en convivencia, a sus hijos y aún otros parientes, cuando comparten un mismo techo (en nuestra legislación, el derecho de habitación y alguna ventaja en la prórroga de las locaciones, tienen en cuenta este concepto de familia).

Importancia de la familia

Haciendo foco en el primer grupo, que he significado como “pequeña familia” y hasta incluyendo a la intermedia, es preciso dejar asentado que su importancia no viene precisamente “regalada” desde el derecho, sino que su amparo se debe a reconocer su evidente importancia y trascendencia, desde inmemorial tiempo, en nuestra formación y en suma, en la de una comunidad de personas.

Mirando para adentro, es muy probable que coincida usted en que, más allá de las muchas alegrías y disgustos que habremos recibido en ellas, somos en gran parte producto del hacer y del sentir de nuestras familias, de lo que quisieron o de cuanto pudieron; dicho esto sin sacarnos la responsabilidad de lo que cada uno amoldó luego, con libertad, para su destino.

Las semejanzas físicas, con defectos y virtudes, altos, medianos o petizos, anchos o angostos, rubios, morenos, pelirrojos o pelados, rengos, sordos, de buen o mal olfato; las habilidades, deportivas, artísticas, intelectuales o aún no descubiertas; los gestos y los gustos por los que muchas veces se nos reconoce o en los que nos reconocemos; los hábitos y costumbres; las creencias a las que adherimos o las que nos faltan o rechazamos; los colores del club de nuestros amores y las referencias y preferencias que nos sitúan en relación al mundo; el modo de respetarnos y muchos otros aprendizajes, cualidades o virtudes y defectos, vienen traídos o determinados, por acción o reacción, como marca o molde de fábrica de nuestras familias.

En la segunda parte de este artículo, hablaremos de las transformaciones que ha transitado la idea de familia en los últimos treinta años para adentrarnos en los cambios que se han derivado en el ámbito del derecho de familia.

 
Miembro del Colegio de Abogados de Río Cuarto. Colaborador de Fundación EGE
 
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